martes, 28 de junio de 2016

Décimas del estampido (1)

Hasta que no acuda el próximo día 5 de julio al traumatólogo y me indique nuevas pautas para el uso y manejo de la pierna derecha, aquí sigo defendiéndome a duras penas con un portátil cuya pantalla me brinda una visión más bien escasa a mis gafas de cerca. Para lo que hay que ver, habrá pensado.
En estos días de horas abundantes, intento mantener activa la mente para que no se me desvíe hacia asuntos más prosaicos, verbigracia, la política. Y dirijo el enfoque a seguir en la tarea de sacarle chispa a los asuntos que me llamen la atención por las causas más nimias.
No podían faltar, claro, mis décimas. Incluso las vividas en carne propia. Por si valen a quienes, ya jubilados, matan tiempos en labores del campo. Con el pertinente consejo de que tengan cuidado. Porque meter la pata es el ejercicio más fácil y tonto que uno pueda imaginarse. Si lo sabré yo.
Probemos con una primera entrega de las que denominé décimas del estampido. Un intento de secuenciar unos días de ajetreo hospitalario que, afortunadamente, se van superando. Vamos allá:
Los días en San Fernando
dan tiempo para pensar
lo que te puede pasar
simplemente caminando.
Andaba el hombre regando
sobre el muro de unas huertas,
de pronto se abrieron puertas
del vacío en un desliz
y abajo se fue en un tris:
Ello ocurrió en Las Abiertas.

En el lugar icodense,
sito a los pies del Gigante,
acaeció en un instante,
rodeado de suspense.
Y nadie crea ni piense
que fue el pobre accidentado
el tipo más asustado
del grupo allí reunido,
en torno a un sujeto herido
consigo mismo enfadado.

Protocolo de rigor
y la ambulancia que llega,
iniciando así la entrega
a la ruta del dolor.
Trayecto en el que este actor
destacará varios hitos
-para ellos, tal vez, ritos-
sumandos de una adición
que insuflan aire al balón
en todos los circuitos.

Primera estación, Buen Paso,
del recorrido galeno,
a toro pasado, bueno,
recordando el talegazo.
Mas no demos el hachazo
y sigamos el relato
en manuscrito alegato
a modo de remembranza;
así que este ‘cuento’ avanza
hasta dentro de un buen rato.

La vena del que cuestiona
debo dejar aparcada,
pues no se queja de nada
de la historia esta persona.
Un hospital no ilusiona
pero mejora la estancia;
deja atrás toda arrogancia,
porque admitir diferencias
agrandan las experiencias
en aires de tolerancia.

Radiografías, estudios,
dictámenes, pareceres,
muchísimos menesteres
conformaron los preludios.
Ni rechazos ni repudios,
ni tampoco malas caras;
es que escucho cosas raras
en torno a esta gran labor
que nos mitiga el dolor
sin usar distintas varas.

Tras horas de observación,
con calcáneo averiado,
arranca nuevo traslado
y la sirena en acción.
El tráfico es un follón
y sin ser urgente el caso,
la acústica pide paso;
no son buenos los accesos,
ya que ingenieros sin sesos
signan líneas al trancazo.

Seguiremos. Mis chicos –Pepillo y Juanillo– estaban extrañados por la ausencia. Y aclaro que San Fernando es para los de este Norte la Clínica Bellevue, del grupo Hospiten. A donde fui desviado desde el conocido como Hospital del Norte (Icod de los Vinos).
Hasta la próxima.