sábado, 10 de septiembre de 2016

Turismo y folclore (IV)

4. Y llegaron “los bárbaros”

4.1. Cuando el turismo no era un fenómeno de masas

Sin embargo, personas que se tienen por ilustradas en Madrid mismo, confunden las Canarias con Filipinas y la Habana, así es que, al despedirme en la Corte de España, me encargaron loros, guacamayos, café, tabaco y otras zarandajas de sus habitantes.[1] Leyendo uno estas cosas, llega a comprender por qué estas peñas atlánticas han sido tan codiciadas por los extranjeros desde tiempo ha, y, a la par, tan olvidadas por quien tenía el sagrado deber de potenciarlas.
A Canarias llegó un día
una inglesa soñadora
que ver el cielo quería
siempre azul y a todas horas.
Si con un guanche fue a dar
y comió mojo picón,
fue de lo más natural
dejarse aquí el corazón.
Eso dice el cantar popular. Y algo de razón tendrá. La copla la inventa el pueblo. Y el pueblo algo sabe de estos cruces.
También, es verdad, eran otros tiempos. No había llegado el momento de las avalanchas. Era todo más idílico. No era conocido aún el término aculturación. Porque cuando el pueblo se percató de que el contacto con otras culturas podía implicar alguna consecuencia no deseada, inventó otra copla:
Soy firme como la palma,
como el palmito de adentro,
porque la palma de afuera
se la bambolea el viento.
En este contexto, y solo con un turismo selecto y poco numeroso, puede explicarse la siguiente aseveración:
Es incuestionable que el contacto con otras formas de cultura, con gentes de otros idiomas, contribuye a enriquecer el acervo cultural propio (hay que tener en cuenta que la mayoría de los que vienen son personas de cierto nivel cultural)[2].
Ya indicaba en la introducción cómo esta encrucijada de caminos fue convirtiéndose en un destino turístico de primer orden. Pero cuando el turismo no era aún un fenómeno de masas, este se interesaba por los baños, las fiestas, el paisaje, el clima, las gentes, los pueblos, la artesanía... Incluso, husmeando en libros escritos por gentes "de fuera", pero que hablan, que nos cuentan cosas de "aquí", he podido encontrar un canto de alabanza hacia nuestra nunca siempre querida "panza de burro", esa masa nubosa que cubre ciertas zonas de nuestras islas –entre ellas, el Valle de la Orotava–, y que impide que el sol haga acto de presencia en pleno verano. Nos la dibuja el observador como un encanto más. Claro, no estábamos todavía vendiendo sol y playa.
Continuando nuestra peregrinación vamos a penetrar en el famoso Valle de la Orotava, antiguamente de Taoro; Valle el más encantador que los ojos vieron, según expresión del Barón de Humboldt, y en efecto nunca la vista ha podido recrearse más a su placer que contemplando esta región privilegiada, tanto por su exhuberante[3] vegetación, cuanto por su suave y uniforme temperatura de 18º centígrados generalmente; por su cielo casi siempre adornado de celajes claros y trasparentes en invierno y mitigadores de los rayos solares; por producirse en él plantas de todas zonas; y más que nada por la galanura del paisaje, coronado por el gigante de las montañas canarienses[4].
Otro párrafo extraído del mismo libro hace referencia a Puerto de la Cruz, que es tanto como decir turismo. Lo saco a colación por tener elementos ya citados en el presente trabajo:
Su temperatura es de 13º a 30º centígrados. Las aguas frescas y buenas proceden de los manantiales de Martiánez, Burgado y la empresa de Los Realejos. Es estación climatológica por la benignidad de su clima; acuden a esta población multitud de extranjeros a pasar la invernada, especialmente enfermos de las vías respiratorias[5].
Lógico sería imaginar que en esta época de turistas bien avenidos, de alto poder adquisitivo, de esos que aprovechaban los denominados cruceros turístico-fruteros con que la "Yeoward Brothers" inició una singular experiencia, que, con el devenir de los años, elevaría a Puerto de la Cruz a la más alta cima del turismo mundial, lo que hoy conocemos por agrupaciones folclóricas serían, en todo caso, simples grupos de tocadores, meras parrandas que se reunían en cada lugar para practicar los cantos y danzas populares.
Es a partir de los años 30, cuando el mundo del espectáculo y la industria discográfica pasa a formar parte de la vida cotidiana, cuando los jóvenes de la burguesía isleña forman agrupaciones de tipo campesino. Obviamente, para pasar un rato con el rasgueo de un timple y una guitarra, no para añorar la forma de vida de quien pretendían imitar. Ese espíritu de solidaridad solo se destapa en muy contados eventos, como en las mal denominadas romerías, en las que nos atiborramos de colocar telas de araña en el sombrero para parecer más "magos". Comenzaba a sacarse las cosas de quicio o, como en la actualidad diremos, de contexto.
Comienza a descubrirse la denominada "canción canaria", que tanto auge adquiriría con la llegada masiva de turistas y que tantas discusiones ha suscitado, pero que será objeto  de posterior desarrollo.
Canción canaria (a diferencia del folclore canario, que es la música popular que nadie ha inventado y que el pueblo ha ido arrastrando a través de su historia) es un tema con texto y música inspirada en el folclore (nace con el auge de los medios de comunicación y la industria discográfica).[6]
Es la que se vende y muchas veces la que nos vende. A veces para bien, a veces para mal. De este particular algo se trata en las entrevistas.
Tal fue su importancia que, en una visita de la Orquesta de Instrumentos Populares de la URSS, esta formación nos sorprendió con una especial versión de "Sombras del Nublo", de Néstor Álamo.
(Continuará)




[1] Cipriano de Arriba y Sánchez. A través de las Islas Canarias. ACT. 1993. Página 39
[2] Varios autores. El Valle de La Orotava. Ayuntamientos del Valle.  1983. Página 116
[3] Aparece con "h" en el texto correspondiente. Es transcripción literal.
[4] Cipriano de Arriba y Sánchez. A través de las Islas Canarias. ACT. 1993. Página 8
[5] Ibídem. Página 89
[6] Diego Talavera. Folclore y canción. Biblioteca Popular Canaria. 1978. Página 58