domingo, 11 de septiembre de 2016

Turismo y folclore (V)

4.2. Aculturación: pérdida de lo autóctono

El mundo es un pañuelo. Lo que ocurre en cualquier recóndito lugar del planeta, se sabe, casi al instante en el extremo opuesto. Por eso, los diferentes grupos humanos comparten características comunes. Estamos inmersos en dinámicas de préstamos, en permanentes intercambios de culturas.
Así nos podemos encontrar con la aculturación, por la que las costumbres del pueblo "invadido" son borradas por las del pueblo "invasor". Existe, además, la transculturación, intercambio de elementos entre los pueblos que se ponen en contacto.
En Canarias, por las razones ya aludidas de punto de encuentro entre tres continentes y, por consiguiente, asimiladora de numerosas culturas que han ido dejando su impronta a través de los siglos, nos hemos encontrado con un proceso de aculturación bastante notorio. Sin olvidar, claro está, el importantísimo fenómeno de la emigración, que ha dado lugar a un trasvase de elementos, sobre todo con América.
El turismo, qué duda cabe, ha supuesto enormes beneficios para el pueblo canario. Pero, como contrapartida, esa influencia ha ido dando lugar a un proceso de valoración negativa de nuestra cultura tradicional.
Nuestras pautas culturales no tienen por qué ser las mejores, pero tampoco resulta nada práctico situarse en el polo opuesto del autodesprecio, porque del afán por "engullir" elementos comportamentales e ideológicos de otras culturas, puede producírsenos una desagradable "indigestión cerebral" que acabe por borrarnos de la memoria, destruyendo la herencia social de los canarios: todo aquello heredado de nuestros antepasados y que se ha desarrollado a través de los siglos, en función de los determinantes históricos, económicos y ecológicos que definen nuestra particular idiosincrasia insular[1].
En Tenerife se produjo una gran emigración del campo a la ciudad y a las zonas de expansión turística. Con ello el folclore se degradó. Muchos grupos se han visto obligados a "cantar y tocar para los turistas", como casi único medio para subsistir económicamente. Solo en las islas que no llegaron a perder su carácter rural se conservó el verdadero folclore.
El ir corriendo de hotel en hotel –varias actuaciones en una noche– fue dando lugar a que los temas interpretados fueran perdiendo fuerza, careciendo de interés, haciéndose repetitiva hasta la saciedad.
En los repertorios de los grupos comenzaron a entremezclarse canciones típicas con canciones de moda parranderas en boga en la España peninsular[2].
Este particular se refleja, asimismo, en la opinión de los entrevistados. Interpretar para el turismo suele ser el camino más corto para degenerar los números folclóricos, manifestaba con todo acierto Juan de la Cruz.
Son muchos los autores que han coincidido en su opinión sobre la negativa incidencia que la avalancha turística causó en el folclore canario. Para comprobarlo no hay nada más sencillo que hacer un recorrido nocturno por los diferentes establecimientos hoteleros de Puerto de la Cruz. Podrá verse de todo. Hay honrosas excepciones. Pero lo normal, lo más abundante, desgraciadamente, los grupúsculos de "ir a escapar", realizando auténticos maratones para conseguir unos duros cada noche.
Va una breve muestra de pareceres acerca de esta influencia de los "bárbaros" en nuestro acervo histórico-cultural.
En la larga caminada histórica de aculturación y transculturación del pueblo canario, mucho de lo auténtico se ha perdido; sin embargo, creemos que queda mucho por hacer, mucho que rescatar.[3]
Transculturación: indiscutible mestizaje de nuestro folclore, resultado de la influencia peninsular ibérica, europea, africana y americana, amén de ese sustrato aborigen, presentido y no siempre claro.[4]
Los países que se ven pacíficamente invadidos por grandes oleadas de turistas, pertenecientes a culturas y credos diferentes, sufren modificaciones e influencias en sus pautas de vida que pueden llegar a convertirse en permanentes. Se genera así una nueva cultura en la que se ha perdido parte sustancial de la cultura autóctona y se han homogeneizado los comportamientos.[5]
Aculturación: Proceso por el que las poblaciones primitivas entran en contacto con sociedades más avanzadas culturalmente. En el caso canario, las agresiones "transculturativas" se realizan desde cuatro planos interrelacionados: biótico, ecológico, socioeconómico y cultural.[6]
Queda fuera de toda duda el que Canarias ha sido siempre abierta hacia el exterior. Con la aparición del "boom" turístico, con la presencia masiva de miles y miles de visitantes, la sociedad sufrió un cambio radical. El turista aportaba divisas, pero también hizo cambiar el esquema musical isleño. El joven, atraído por la industria discográfica, las tiendas de los indios que ofertaban tocadiscos con precios atractivos, los primeros ahorros como botones, pinche o lo que fuera, Los Beatles, Elvis o Paul Anka, es colonizado culturalmente. Se olvida de su propia canción, sumergido en una profunda crisis de identidad.
Llegan los avispados de turno y montan un "folclore canario" a base de exaltar las bellezas de las islas con una serie de eufemismos que rayan en la cursilería.[7]
Lo malo es que ni siquiera con la aparición de Los Sabandeños, la situación cambió. A la pregunta realizada en las entrevistas, en relación a los grupos y música que se ofrece en los establecimientos hoteleros, todos los entrevistados coinciden: no es precisamente una buena muestra de recreación de nuestro folclore. La tendencia generalizada es la de, como ya señalamos, ir a escapar. En todo: música, letra y vestimenta.
Y cuando un grupo, de los serios que aún quedan –y bastantes–, pretende realizar una actuación, sin tener en cuenta quién se encuentra delante, haciéndolo como siempre lo ha hecho, con rigor, seriedad y explicando cómo y por qué lo hace de tal o cual manera, se encuentra con el inconveniente, a veces insoslayable, del arrinconamiento en cualquier esquina, sin espacio físico en el que los bailadores puedan efectuar sus evoluciones, porque "prima el negocio". Pero mejor que yo lo han expresado quienes en las entrevistas han opinado al respecto. A ellas –y a ellos– me remito.
(Continuará)




[1] Benito Cabrera. El folklore de Lanzarote. CCPC. 1990. Página 29
[2] José Manuel Abreu. La canción en Canarias. CCPC. 1988. Página 23
[3] Francisco Tarajano. Canarias canta (II). CCPC. 1994. Página 12
[4] Elfidio Alonso. Estudios sobre el folclore canario. Edirca. 1985. Página 7
[5] José R. Díaz Álvarez. Geografía del turismo. Ed. Síntesis. Madrid. 1989. Págs. 31 y 32.
[6] Gran Enciclopedia Canaria. Tomo I. Ediciones Canarias. 1994. Página 57
[7] Diego Talavera. Folclore y canción. Biblioteca Popular Canaria. 1978. Página 75