martes, 11 de octubre de 2016

Regulación semafórica

Puerto de la Cruz parece no querer levantar cabeza. Como estoy yendo cada día a rehabilitación en el Centro Médico Tucán, escucho comentarios –una hora da para mucho– nada satisfactorios de la Ciudad Turística. No hacen nada es la frase más cariñosa que se dedica al equipo de gobierno que rige los destinos del pueblo desde El Penitente. Y los ubico en las Casas Consistoriales porque ellos (CC-PP) no deben transitar por calles y rincones. Ni por cruces regulados por semáforos.
Como ya soy capaz de llevar el coche (da la impresión de que todos progresamos menos los que deberían hacerlo diariamente por el bienestar de los habitantes), también sufro los inconvenientes del tráfico. Entre ellos, de manera destacada, los mencionados semáforos. Ante una lógica queja y llamada de atención de uno de los concejales de la oposición por el excesivo tiempo que esta ordenación se quedó en negro, el edil de Seguridad (que de seguro tiene el sueldo y poco más), demostrando su ineficacia con ligeros tintes de prepotencia y autosuficiencia, nos deleita en Diario de Avisos (medio al que he ‘robado’ la foto) con la perorata de que no son necesarios elementos coercitivos para con la empresa encargada del mantenimiento, sino que el consistorio dispone de mecanismos administrativos para solucionar el inconveniente en apenas unos días.
Esta respuesta tiene mucho de caradura y bien poco de sensatez. Porque de ser cierto lo que manifiesta, cómo es posible que los del conflictivo cruce de El Tope lleven más de dos meses sin que digan ni pío y los de la calle Blanco van por idéntico camino. O no será que ocurre algo parecido a lo del alumbrado público en la vecina villa realejera. Y si no, dado que entre populares anda el juego, vénganse hasta La Montaña, arranquen de cuajo los allí existentes y al menos tendrán una intermitencia ámbar con la que nos entretendremos los conductores. Pero de los de mi pueblo, los de las monjas, hoy no toca. Por mucho que nos duela el importe despilfarrado en la siembra. Y todo por no tener un policía de la plantilla que enviar al lugar. Son muchos los marrones que debemos pagar.
Mucha corbata, mucho lenguaje picapleitos, mucho viaje Ranilla adelante, mucha sonrisita irónica pero gravísimas carencias de gestión. El marco que regula la marcha municipal requiere más acción directa y menos maniobras dilatorias. Cuando un concejal se arroga las competencias de los funcionarios que deben velar por la legalidad del quehacer administrativo, malo. El sufrido vecino necesita el bombillo encendido, el bache reparado, la acera expedita, aparcamientos suficientes, las playas limpias, las calles sin basuras y los semáforos funcionando. Para ese menester tan simple fueron a votar. Pero a los gobernantes solo parece preocuparles el reparto de cargos y la distribución de sueldos en un organigrama bien repleto y dispuesto. En el que cabe todo. Y todos. Para el que no existe jamás fallos retributivos. Aunque se caigan los ordenadores. O falle la luz horas seguidas.
Se jactan, nos jactamos, de que el turismo va viento en popa a toda vela. Y nos alegramos todos. Porque a pesar de las carencias, los visitantes siguen siendo fieles a un destino de prestigio y renombre. Aunque muchos se quejen del ‘turismo pobre’ del Imserso. No solo tengo mis dudas sino que no comparto la aseveración. Pero allá cada cual. Como contrapartida a esa bonanza, ¿qué? Si es que los servicios municipales se sostienen con alfileres. Puerto de la Cruz funciona por inercia. Y para ese viaje no son necesarias tales alforjas. O a lo peor llamar alforjas a los concejales es demasiado generoso y debemos recurrir el calificativo más comúnmente utilizado: tollos.
Pues sí, que dice el señor concejal que en dos días está arreglado el particular. No ha aclarado, no obstante, de qué mes o de qué año. Me recuerda a los otros que sueltan aquello de yo te mando dos peones, como si la delegación que otorgan las urnas te concediera patente de propiedad.
No vayas a creer que nada carbura en Puerto de la Cruz. No sería justo pensar tal cosa. Menos mal que la naturaleza es sabia y se rige por otros baremos. Aunque a veces se soliviante y cause estragos como en la calle Tegueste, que ahora sirve de fumadero de otros monos más monos. Vamos, con poder adquisitivo notorio. Hasta las piñas del mural de la entrada se están secando. Me consta que los loros prefieren las de millo.
Mañana es festivo. Tocará, pues, otra entrega de Turismo y Folclore. Cuento con que el semáforo esté verde.