miércoles, 23 de noviembre de 2016

El anuncio navideño

Constituye, como cada año, el anuncio navideño de la lotería nacional todo un acontecimiento. Sujeto, claro, a los más diversos pareceres. Cuestión de gustos o colores, se diría. “En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira, / todo es según el color / del cristal con que se mira”. (Ramón de Campoamor, 1846, en su poema ‘Las dos linternas’, de su obra ‘Doloras’)
He leído con suma atención muchísimos comentarios al respecto. Los más, de carácter laudatorio. Debemos reconocer que la agencia logra tocar la fibra de la gente. Y como siempre estamos prestos por si cae, a gastar unos euros en los décimos de rigor y, además, soñar es gratis a construir castillos en el aire, bienvenidos sean estos gastos superfluos. Cuando el 22 de diciembre haya hecho acto de presencia el tan codiciado ‘Gordo’, compensaremos las aflicciones de los millones de desconsolados con los brincos, abrazos, brindis y risas de los escasos agraciados. Este año no será una excepción. Nos quedará la tremenda suerte de haber recuperado lo jugado (qué mentira más piadosa) y a la espera de que El Niño ponga el resto. Es decir, la mano para llevarse los reintegros y las aproximaciones.
Debo manifestar, sin más dilación, que a un servidor no le convenció. Puede que ya me halle próximo a la edad en la que los achaques suelen ser frecuentes. Y debí relacionar el despiste de la maestra jubilada con una enfermedad que causa estragos. Puede que el conocerla en ámbitos cercanos haya añadido un plus de desconfianza. Y uno piensa, se piensa, si no existe en el entramado una falta de respeto hacia quienes sufren esa lacra que rompe estructuras arraigadas como puede ser la familia.
La agencia Leo Burnett se defiende alegando que la historia narrada es mera ficción publicitaria. Claro, como toda película que se precie. Ya se sabe, cualquier parecido con la realidad… Solo, se manifiesta, pretendimos dar a conocer el enorme cariño de tres generaciones de una familia y el afecto de todo un pueblo hacia Carmina, la maestra, su maestra. No lo pongo en duda. Pero el trasfondo me ha descolocado.
Si yo sostuviera que la protagonista sufre un trastorno neurológico con pérdida evidente de memoria, de la percepción y del sentido de orientación, no creo que discrepes demasiado con mi apreciación. Que no ha sido la intención el destacar esa característica, entiendo, debe quedar fuera de toda duda. Pero ese poso (el trasfondo, que menté antes) que subyace en el nudo, en el argumento, me ha puesto a la defensiva. Repito, pueden ser las primeras derivas de una edad provecta. O los restos de un díscolo redomado.
¿Falta de respeto? No llegaría a tanto. No entra en mis ya reumáticas neuronas que tal cuestión haya pasado por la imaginación de los publicistas. Pero ellos, mejor que nadie, saben de las debilidades y flaquezas de la mente. Y explotar sentimientos es factor importante para ganar adeptos en un mundo en el que la competencia juega papel primordial. Y cuantos más vean, y opinen, mejor. Insisto, no quisiera pensar que hayan jugado con trampa. Concedo el beneficio de la duda. Aunque hay momentos en que el revoltillo cerebral parezca indicarme lo contrario.
Juega una baza importante en favor de esta opinión, si no negativa del todo al menos reacia, el hecho de que desde hace muchos años no me sumerjo en la dinámica y solo compro el décimo que reparto con tres compañeros del gremio docente. Ellos hacen lo mismo. Alguna comida, en algún guachinche ha caído.
También es verdad que el periodo navideño no es santo de mi devoción. No comparto la vorágine consumista que ha devorado ilusiones y otros parámetros por los que se regía esta época del año. Y el peso del paso del tiempo te va minando. Oye, pero aplaudo la actitud de los que le ha gustado, han sacado a la luz su vena sensible e, incluso, han soltado una lagrimita. Aunque con las lluvias no se haya notado. Qué buenas estas agüitas para esas papas que ya están rompiendo la tierra.
Y concluimos: 1987 y 13.