miércoles, 9 de noviembre de 2016

Repaso (1)

Esta serie frecuente de contactos nos va a permitir, creo yo, llevar a buen puerto a estas frágiles barquichuelas que hemos botado a la aventura de la vida. Lo que me extraña enormemente –ya lo dije el otro día a los chicos– es que a estas reuniones vengan solamente las madres. Parece ser síntoma general que los temas de la escuela sean cosa de mujeres. Mientras, los padres tienen suficiente –y muy cansado es– con ir a trabajar y ‘traer el dinero a casa’. No se percatan, probablemente, de que en este problema de la educación –que no enseñanza– estamos embarcados todos, y si el barco se va a pique nos ahogaremos conjuntamente.
Claro que el maestro forma parte, e importante, de la tripulación, pero sí que habrá que dejar claro que no le corresponde toda la tarta a la hora del reparto de responsabilidades. El chico permanece en la escuela cinco horas. De nada me valdrá que intente modificar su conducta, crear hábitos, si luego en su ambiente, en las diecinueve restantes, está viviendo una problemática completamente diferente.
La vida es, y está, difícil. Atravesamos una grave crisis, no solo económica –que ya de por sí entraña muchas dificultades– sino, y es asunto peliagudo, una profunda crisis de valores, que en multitud de ocasiones nos hace olvidar –o apartar– nuestro verdadero papel. Sin embargo, y a pesar de ello, nuestra tendencia como padres es procurar darles todo hecho a los hijos, entregarles las cosas en bandeja –y no de plata, ¡de oro, a ser posible!–, influenciados por aquello de que nosotros no lo tuvimos y, por tanto, les ofrecemos villas y castillos; villas y castillos que, a lo peor, ni siquiera tenemos. Y ese aparente loable intento no es, precisamente, una buena ayuda.
Esas excesivas preocupaciones por el niño van a ir en su perjuicio. Esta, a buen seguro, no va a ser la manera más adecuada para prepararlo a que, cuando tenga que alejarse de las faldas de la madre o del apego del maestro –no digo de los calzones del padre, porque ningún gallo agasaja pollos– sepa desenvolverse en la vida, que tantas veces nos trata de manera cruel. No vayan a pensar ustedes que pueda estar dándoles una lección de moral, de ética o de buenas costumbres. Tampoco les estoy indicando cómo, o cómo no, deben hacerlo. Pongo sobre el tapete, simplemente, una cuestión que, bajo mi óptica, estamos mal encauzando.
Al educar al niño hay que hacerle ver la realidad que tiene ahí delante, y que no es, lamentablemente, un camino de rosas. Por consiguiente, vamos a procurar entre ustedes y yo –si contamos con los padres, mejor– que el invento nos salga bien. No es la primera vez, ni será, por desgracia, la última, que nos encontramos niños que no hay por donde cogerlos, al tiempo que pensamos que se trata de alguien normal, aparentemente, y que debería responder mejor al tratamiento. Las causas pueden ser varias. Sin embargo, si no las descubrimos a tiempo podemos tarar al chico para toda una vida.
Vamos a procurar educar a los chicos para la vida. Que no nos preocupe tanto el hecho de que el niño deba tener una gran cantidad de conocimientos en su cabeza cuanto que sepan desenvolverse. Es preferible que no sepan tanto –algunos doctrinalistas se echarán las manos a la cabeza– sino que sean capaces de actuar bien ante cualquier circunstancia adversa.
El hecho de que hoy es distinto –o debemos pretender que lo sea– lo encontramos en cuanto el niño llega a casa y plantea una duda. Muchas veces, quizás la mayoría, no les hemos sabido responder. No les extrañe lo más mínimo; todo ha evolucionado y también lo ha hecho la forma de dar clases, de educar, los contenidos y, lo más relevante, los objetivos, las metas. De ahí, insisto, la importancia de los contactos entre padres y maestro.
Es indudable que todos los chicos no son iguales; unos son capaces de captar los conceptos con una rapidez asombrosa; otros, en cambio, son más lentos, algunos, increíblemente. Guarda esto relación con el tema de las notas. A ellas no les podemos –ni debemos– dar más valor de la que realmente deban tener. Como tampoco es conveniente hacer un drama por una vez que el alumno lleve un insuficiente a casa. Si nos preocupáramos más momentos, no sería necesario llegar a esta situación.
Cuidado, no se me malinterprete pensando que, sea lo que sea, pa´lante, sin más. No, no es eso. Piensen que, en todo caso, el niño ha intentado poner de su parte lo que a su alcance esté. Y si creemos que puede y no lo hace, alguien está fallando, y no es él. Todos no pueden ser sobresalientes. Al igual que en los coches, unos de gasoil y otros de gasolina. A unos les cuesta más arrancar, pero de lo que se trata es que una vez en el camino puedan alcanzar la meta. Llegarán antes los coches de marca, pero abramos la opción de que los utilitarios también puedan hacerlo. Lo verdaderamente importante es que el niño vaya a la escuela sabiendo qué es lo que allí se va a encontrar, qué es lo que debe poner de su parte y qué es lo que se solicita de él.
(Terminamos mañana, mil gracias)