jueves, 10 de noviembre de 2016

Repaso (y 2)

Con esto entramos en el terreno de la motivación. Cuando el niño salga de clase y retorne a su hogar, o cuando esté jugando en la calle, o esté de visita en casa de unos familiares o en cualquier otra oportunidad, ha de ser excelente ocasión para continuar la labor que se realiza en la escuela. De nada nos vale que durante cinco horas esté adquiriendo una serie de hábitos de conducta, si luego quedan marginados, condenados al ostracismo las diecinueve restantes, en suma, si no se practican.
O entendemos la educación como un  todo continuado o mejor será dedicarnos a otra cosa. Si ustedes entienden mi labor como la de una guardería, con esta conversación no logramos nada positivo. Ahora bien, si ustedes entienden que hemos de formar personas y no máquinas, nos queda mucho camino por recorrer. Y en ese camino estamos todos, para que cuando lo llano se acabe, cuando la mano amiga no esté allí a su lado, sepa valerse por sí mismo, sepa salvar los obstáculos que va a encontrar. Pero que lo haga con dignidad y no como simples animales que compiten y escalan peldaños teniendo como único lema la ley del más fuerte.
Si pretendemos entablar un diálogo ameno, claro, sencillo y serio con los chicos, lo menos que podemos intentar de antemano es que estos se encuentren a gusto. Y los chicos se sentirán a gusto con aquello que les encanta, con lo que es innato a su propia naturaleza. El niño vive por y para el juego. ¿Quiénes somos nosotros para intentar romper sus esquemas? No se trata de que el niño deje de jugar para que pueda aprender; logremos que pueda aprender mientras siga jugando. Encaucemos sus juegos y a través de ellos hagamos que adquieran habilidades, vivencias. La canción, el ritmo, el paseo son elementos válidos para la progresión armónica y consecuente de la personalidad del alumno.
La importancia que le doy al paseo escolar es capital. Más de un padre habrá pensado, sin embargo, que es solo una novelería del maestro que tiende a escaquearse y a pasar el día más rápidamente no dando matemáticas, lenguaje y demás. Nada más lejos de la realidad. Con él aprende a circular por las vías públicas –para que la madre no tenga que llevarlo siempre de la mano hasta que esté en quinto–, saber cruzar una carretera, observar, experimentar, encontrando siempre una válvula de escape para dejar volar su imaginación, que necesita potenciar y desarrollar.
Ojalá, y voy más lejos, pudiésemos disponer en las escuelas de un pequeño huerto en el que poder cultivar lo que se nos antoje, o donde criar conejos, gallinas y poder salir de la cárcel de las cuatro paredes de siempre. ¿No le dicen ustedes a sus maridos que las lleven a dar una vuelta los domingos por encontrarse hasta las narices de la comida, la ropa sucia y, en suma, de la casa?
Los chicos –y perdonen– se están asomando por las ventanas, extrañados de que lleve el maestro hablando más de una hora y ustedes sin decir nada. Hasta han apartado el juego por un momento para ver qué pasa. Así que, ahora, si no les importa, les corresponde opinar, hablar, preguntar o…
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Unos breves apuntes de texto que fue escrito allá por los años ochenta del pasado siglo. Y que fue editado en una publicación más amplia (Jugando a ser maestro) en el 1993. Algunas décadas han transcurrido desde aquel entonces. Y puede que aquel incipiente lamento se haya tornado en profunda desazón. Porque mucho ha cambiado. Y a peor. Argumentaba en aquella ocasión lo de llevarlo de la mano a la escuela hasta quinto de EGB. Sé de casos recientes que hasta la universidad.
El tan controvertido asunto de las tareas es buena muestra de que sigue el distanciamiento entre docentes y familias o, lo que puede ser más peligroso, la intromisión, la comodidad, cuando no la mimosería. Falla algo tan elemental como el viejo dicho de toda la vida y que no es otro que hablando se entiende la gente. Parece que nos encanta el enfrentamiento. Con lo que el alumno podrá seguir jugando con las cartas marcadas. Y, además, con todos los adelantos a su alcance. ¿Que muchos maestros no se han adaptado a los nuevos tiempos? Seguro. ¿Que muchos padres han olvidado sus funciones para convertirse en los coleguitas? Seguro.
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Perdón por el horrible escaneo de las fotos. Ese fue mi primer grupo de alumnos en La Longuera: La quinta del 74. A ellos les guardo un especial cariño. Ahora somos amigos en Facebook. Pero ya todos somos mayores de edad. Y el aprecio continúa. Tanto que el libro citado fue por ‘culpa’ de ellos, una consecuencia de haberlo pasado tan bien. Lo mismo me invitan un día de estos a una comida.
Van 1974 (qué casualidad, el año de nacimiento de estos alumnos). Quedan 26.