lunes, 9 de noviembre de 2009

Dolor, rabia, impotencia

Es increíblemente bueno tener tiempo –mucho– libre. Te puedes dar el gustazo de releer. Y del periódico La Opinión de Tenerife (31 de agosto de 2000), rescato este articulejo. Y pienso que, salvo el paso de los años, pocos cambios se atisban. Y llego a la conclusión de que no me hago viejo, simplemente me actualizo. Y en esta recomposición me sigue valiendo mucho de lo que creía ido para siempre…
Pensé que debía estar poniéndome viejo. Dicen que nos volvemos sentimentales, que nos entra el lloriqueo fácil. Ante el televisor, contemplando uno de los tantos reportajes de uno de los tantos atentados terroristas, rodaron mejilla abajo unas gruesas lágrimas. Pero intuí que eran de impotencia, de rabia. Que allí en la soledad de las habitación no pudo ser contenida. Como otras tantas veces sí debe serlo en público por lo de las apariencias. Aunque tragues nudos y se te retuerzan las tripas. Porque unos mal nacidos, valientes como nadie, revientan vidas humanas amparados en el pretexto de una lucha política. Audaces conquistadores de libertades con pistola en mano que matan de un tiro en la nuca. O fabrican explosivos de mayor porte para que corra mucha más tinta en las páginas de los periódicos y se dediquen muchos más minutos en los medios audiovisuales. Con toda probabilidad, ellos, los artificieros también serán espectadores de lujo de la masacre. Y corregirán fallos para que la próxima sea más lucida, con tintes exageradamente bermejos.
Políticos de arma en ristre por la defensa de bastardos intereses nunca bien ponderados que se representan a sí mismos, que arrojan esputos de fuego siempre por la espalda, que seleccionan o no víctimas según aconsejen las circunstancias, lleven o no uniforme. Huyen hacia adelante en busca de no se sabe qué. En el camino, jalones de sangre, calvarios de dolor, vidas sesgadas por la barbarie, cementerios de pólvora...
Pero los que tienen guardadas sus espaldas, siquiera sea por justificar lo que cuestan al erario público, deberían abreviar declaraciones sumidas en el fango de la reiteración y fajarse en el terrero de los hechos, bregar en noble lid con la mano a la espalda y tras el saludo de rigor. Olvidar siglas y posibles prebendas electorales para hacer frente común a los pocos del otro lado. Y por una simple operación aritmética, que las voces ecuánimes de los miles de cuerdos apaguen las detonaciones de los escasos preñados de insensatez y mezquindad.
A los que no tenemos coches blindados ni nadie que nos avise o nos proteja, nos gustaría que se impusieran otros modos. Porque tan malo es la propaganda por un lado como por el otro. Tan nefasto puede resultar el exceso en el tratamiento informativo, por aquello del posible regocijo del causante, como las declaraciones del querer hacer, que suelen ser síntomas del bien quedar, y que se diluyen cual pompas de jabón tras su efímero recorrido.
Me gustaría ver menos rostros marcados por el dolor cuando enciendo la tele. No quisiera volver a escuchar palabras cargadas de odio cuando conecto la radio. No me apetece leer periódicos que abran páginas con luctuosos aconteceres. Sería feliz, en suma, si la conmiseración quedara aparcada.
Voy a abrir una colecta. Ahora que se acerca Navidades, lo mismo hago una rifa (por si cuela). Con el dinero obtenido haré una publicación con una recopilación de mis andares periodísticos por el proceloso mundo de las opiniones. ¿Y por qué no? Lo mismo tengo más suerte que con otras boberías. ¿Y por qué lo dejas cada dos por tres? Porque los periódicos (hasta ahora me ha pasado con todos) te aburren, te agotan. Llegas a tal hastío y cansancio que abandonas tú, sin que nadie te lo insinúe o manifieste. Y como yo no le regalo nada a los directores (ni un mísero pastel del pueblo), las redacciones comienzan a retrasarte las publicaciones de tal manera que tú exclamas: ¡Si esto lo escribí hace tres semanas! En consecuencia, tú solito te envías a ti mismo p´al carajo. Y, estimado fisgoneador, en tal sitio me hallo ahora.
À bientôt.