jueves, 30 de mayo de 2013

El polvorete

Amenazaba en el post anterior en alongarme hoy al Pepillo y Juanillo, a pesar de tan magna festividad en Canarias. Y como ya los que saben de la pertinaz socarronería de un servidor, aderezada con ligeros matices de fina ironía, seguro estarán buscando relación entre el titular arriba indicado y el posible lema para el acontecimiento que nos concita, no pierdan el tiempo. ¡Ah!, no vayan a pensar que se debe tan sugerente título a la búsqueda de nuevas fórmulas para la celebración, en lugar de tanto baile de taifas (y candil) con arpegios nacionalistas del timple de Benito Cabrera (excelente músico), quien se ha quejado de la crisis sabandeña. Lo que hay que leer.
Ayer por la mañana subí a La Guancha. Y al pasar por el Lomo Juan de la Guardia, ahí por donde se enfila uno hacia El Andén y Los Chavocos (todavía en Icod el Alto, Los Realejos), observé por enésima vez un lindo chorrito de agua que circulaba tan campante por la carretera. Escribo lo de enésima porque lo mismo soy el único afortunado al que le riegan el asfalto cada vez que transito por aquellos lares. Pero en una tierra donde no podemos presumir demasiado de la abundancia del líquido elemento, no parece muy normal que este desperdicio no se haya solventado más antes que después. Me recuerda, salvando las distancias, aquellos despilfarros en la costa realejera, ahí por Gordejuela, cuando en determinadas épocas del año, el agua que no se elevaba con la maquinaria allí existente era arrojada a la mar océana, mientras se le secaban los pinos replantados a Wladimiro en las cumbres sureñas, con lamentos y artículos dominicales incluidos.
Pero a lo que íbamos. Y nos trasladábamos al paseo romero que organiza el CEIP Plus Ultra cada año por estas fechas. Allí me sumergí en el río festero e hice el recorrido estipulado. Abuelos, como el menda, varias decenas. Y bien largas, si no centenas. Porque en estas actividades cada chaval debe tener un acompañante. Y como la naturaleza me sirvió en bandeja la manía de observar, capté que en cada grupo, tanto de infantil como de primaria, no debía estar todo el alumnado. Pues me dio la impresión de que había más adultos que colegiales. Puede ser que abultamos más. Claro, la condición sine qua non del adjunto obligatorio (progenitor, tía, abuela…), ha supuesto un inconveniente añadido. Si padre y madre tienen la inmensa fortuna de estar trabajando, y no disponen de otros familiares cercanos que los puedan suplir en estas actividades extraescolares, se topan con el dilema de que su hijo no puede acudir ese día al centro. ¿Y dónde los dejan? De ahí las ausencias que se notaban. Que para eso estuvo uno metido en esos fregados hasta el otro día. Y viene la pregunta de rigor: ¿En base a qué normativa puede un equipo directivo privar a un alumno de participar en estos ‘eventos’, y no darle, como mínimo, la posibilidad de que esté en el centro, como cuando se ‘castiga’ al que se portó mal? No, eso no está bien y el AMPA o los representantes de padres y alumnos –también ayuntamiento, por qué no– deberían indicar al profesorado que busque la fórmula para subsanar tales anomalías. Quiero dejarlo ahí, en un desliz, porque si me apuran… Insisto, hasta ha bien poco yo era un número más de ese sistema. Por lo tanto, algún conocimiento de causa existe.
En el trayecto, otro abuelo me sopló que cuando finalizara la romería, los congregarían en el pabellón porque habría una sorpresa. De testigo lo tengo que le contesté: ¡Oh!, vendrá Pepe Benavente. Y hete aquí que ya reunidos todos en el recinto deportivo, allí estaba, efectivamente, nuestro peculiar, dicharachero y televisivo (autonómico) personaje. Qué contentas se pusieron madres y abuelas. Por qué demonios no tendré yo esa intuición para cuando juego la Primitiva. Lo dejo así porque no sé si ponerle signos de admiración o de interrogación.
Tras solventar unos pequeños problemas con la megafonía, arrancó el espectáculo. La compostura y orden iniciales quedaron rotas cuando el artista, en su afán de sentir más de cerca el arrope del público enardecido, quiso ‘chocar sus cinco’ con la tropa y… casi lo ahogan. Al concluir, con los sofocos del rodeo, el primer tema, la presentadora (ignoro si se trataba de la señora directora) tuvo que llamar al orden para que cesara la desbandada. Una vez reorganizada la multitud (que sí, aquello estaba que daba gusto verlo), la segunda canción. ¿Cuál si no? La del gallo, ese portento del polvorete. Lo de menos, la hora y la edad de los participantes. Cómo movían el esqueleto las maestras. Cómo se pasaba el micro a los menudos para que pusieran en práctica sus conocimientos musicales, cómo repetía entusiasmado el auditorio los estribillos de tan egregia melodía: El gallo subeee, echa su polvorete, rakatapun chinchín y se sacudeee.
Dado que suele confundirse con pasmosa facilidad el puritanismo con la religiosidad, debo manifestar abiertamente y sin tapujos que no son mis fuertes ni la una ni el otro. Pero salí –tras probar exquisitos gofios amasados, rosquetes, papas…–, con cierto regusto amargo. Qué necesidad de complicarse la vida en una profesión que es modelo y espejo, en la que se mira la sociedad entera y que se convierte en diana en menos que canta un gallo. Y no el de Pepe, precisamente. Ni siquiera es menester tanto ‘empuje’.
Como también participaron significados miembros del Consistorio, extremen las precauciones –las de seguridad, por la masiva concurrencia, asimismo– y no ‘sorprendan’ a los chicos con semejantes boutades. Y lo declaro desde la óptica del mayor de los respetos. No conviertan un acto académico de estas características en una verbena de pueblo, por muy tío de una maestra que sea Pepe Benavente. Puede que esta sea la peculiar forma de entender la canariedad de algunos, incluido el presidente Rivero (por boca de su álter ego Willy García), pero discrepo con rotundidad y no comulgo con tales procederes.
No obstante, el próximo año, si la salud me lo permite, acudiré a la cita. Será muestra inequívoca de que mi nieta sigue navegando en su peculiar singladura y el abuelo puede permitirse aún acompañarla en tan pedagógicos momentos. Lo mismo se hallará ya en condiciones de leer esta mi opinión del acto de 2013. Y deberé aceptar, gustosamente, sus críticas. Que las habrá, no me cabe la menor duda.
Y mañana acabamos el mes florido, pero no olvides que hasta el cuarenta de mayo… Que sí, ponte el abrigo hasta mediados de junio y no presumas de vigor. Deja eso para el gallo.