lunes, 3 de junio de 2013

Otra comida de la promoción

Este pasado sábado nos dimos cita en Casa Yeye (Las Mercedes) unas viejas glorias del Magisterio. Como cada año, por estas fechas próximas al inicio de las vacaciones veraniegas, una promoción parida en la vieja Escuela Normal, se congrega en torno a una mesa para platicar largo y tendido. Y manifiesto lo de ‘viejas glorias’ por la etiqueta que lleva adherida un documento de identidad, porque en lo físico –y de lo mental ni te cuento– todavía somos capaces de ir a primera hora de la mañana a rememorar las clases de Educación Física en las instalaciones de La Manzanilla (pelete incluido).
Alguno (e incluyo el femenino) queda en activo, pero la inmensa mayoría pasó al estadio feliz (qué coño, felicísimo) de la jubilación. Y cual mayores avezados, nos permitimos el lujo de sacar las de cerca para visionar aquella fotografía del campamento de La Esperanza donde se vislumbran unos apolíneos mozalbetes (expresión para presumir) o unos jóvenes flacos y esmirriados (expresión de andar por casa), uniformados y prestos para el estado de revista. Lentes (dos en cada ojo, por ejemplo) que valen, asimismo, para rellenar el estadillo que a bien tuvo ponernos delante de nuestras narices el incombustible Carricondo para que actualizáramos datos de contacto. Ahora nos tupirá a ‘emilios’.
Siempre es complicado dar nombres en estas semblanzas, por aquello de las omisiones, pero es de justicia resaltar cómo los incondicionales de otras islas acuden año tras año a la reunión que ha lugar en las postrimerías de la primavera. Aunque ayer en la Vega lagunera, al caer la tarde, cierto biruje parecía indicar que hasta el 40 de mayo… Permítanme simbolizar en Cándido esa fidelidad al hecho que nos concita. Puede que alguien me saque de dudas acerca de si ha faltado en alguna ocasión desde que se instauró la feliz iniciativa. Ni siquiera se escaqueó cuando acudimos a tierras conejeras a felicitarle por su 60º aniversario, sino que allí estuvo, solícito y gentil. Y no solo en el instante de soplar las velas.
A todos, me imagino, nos quedan retratadas imágenes que nos impactaron o nos llamaron la atención en aquellos cursos laguneros. Unos nos decantamos por los fríos soportados en el Padre Anchieta en las esperas del autoestop. Otros rememoran los comportamientos de algunos profesores que marcaron improntas en los estudios. Pero, y eso es lo verdaderamente importante, a pesar de las cuatro décadas transcurridas, persistimos. Parecen no haberse agotado las ganas, el entusiasmo. Y nos repatea tanto cambio legislativo surgido de mentes vacuas cuyo contacto con la escuela, semilla y germen de todo el proceso, es tan virtual como bastantes de las amistades en las redes sociales.
Como muchos acabamos la singladura incrustados en los IES para atender el alumnado del primer ciclo de secundaria, no dejamos pasar la ocasión para el pertinente análisis de la situación en tales centros educativos. Y no todos podemos estar equivocados para coincidir en el diagnóstico. Hemos pasado largas etapas dispersos por la geografía de estas ínsulas. Cada uno en sus particulares cometidos. Es harto notorio y bastante sintomático el que en estas agradables puestas en común, siendo todos docentes y conociendo los alborotos que se arman en las reuniones claustrales, la coincidencia de pareceres sea la tónica dominante. Dado que en el colectivo también nos encontramos con un inspector de educación –qué te ibas a creer; luego fuimos capaces de seguir formándonos–, cuyos planteamientos no discrepan del sentir de la generalidad, la reafirmación de que hace falta mucho más que papeles y decretos es más que evidente. Lo mismo si escribo la palabra “vocación” me tildan de vete a saber qué. Pero, y perdónenme licenciados y catedráticos de tarima y discursos solemnes, fuimos capaces de mantener el tipo hasta el último instante en el que entramos en una clase y… ¡dimos clase! ¿Que cómo lo hacíamos? Creo que lo llevamos siempre en nuestros genes, con prestancia (distinción, garbo, arrestos y donaire), sin recetas, sin etiquetas, sin alharacas, comedidos pero rectos, convencidos… Ya está, que eso no se pega (fija, suelda, incrusta). Ños, parezco un maestro. Pues sí, de eso se trata.
La debida constancia gráfica del ‘evento’ (es que me hace gracia el vocablo) la puedes encontrar en la versión II de este blog, cuyo enlace, por si no te has alongado aún, hallas en la columna de la derecha (pestaña ‘Mi otro blog’) pinchando en el dibujo de esa flamante escuela de aquella época en que casi todo constituía una odisea.
Eso, sí, el amigo Chene, casi siempre la voz cantante en las cosas del buen comer, enemigo acérrimo de las nuevas tecnologías, sigue empeñado, a la vieja usanza, en formar comisiones que tracen los objetivos de rigor, establezcan la metodología para la consecución de los mismos y elaboren el adecuado plan de actividades para que el primer sábado de cada mes de junio –al menos hasta el próximo 2050– acudamos a estos ejercicios espirituales para la debida vigorización. O evaluación, para una más exacta precisión. Con la adecuada prudencia para que no peligren las pensiones, no sea que Rajoy nos envíe un espía a comprobar el estado de lozanía del personal.
A todos, asistentes o no, mis más cordiales saludos y el ruego encarecido de seguir en la brecha al menos otras cuatro décadas más. Y estén atentos al Pepillo y Juanillo (II) por aquello de que una imagen vale más… Un abrazo.