miércoles, 10 de septiembre de 2014

Casta

Circulan por Internet algunos vídeos con declaraciones políticas de no ha tanto. Que difieren notablemente de las que idénticos personajes nos trasladan en estos instantes. Por lo que inocentemente nos preguntamos aquellos que debemos decantarnos por la opción de votar a unos o a otros, si ellos ignoran que hemerotecas, videotecas, fonotecas y todas las tecas que ustedes gusten poseen una memoria histórica formidable. Ayer mismo echaba una visual a unas manifestaciones de Román Rodríguez apenas un trienio atrás. Y luego lo columbré en un telediario alegando lo contrario sin que se le modificara lo más mínimo el aspecto ceremonial de su disertación. Y sin que se le cayera la cara de vergüenza, en definitiva.
No, por supuesto, no es el único. Es más, no hay nadie que pueda tirar la primera piedra. Y jamás se atreven a disculparse. No son capaces de reconocer errores, o que las circunstancias han variado, o que los cambios de opinión son consustanciales con la propia condición humana. Algo, un pizco, un detalle, un cachito. Qué va. Pueden enrollarse en un lenguaje de lo más enrevesado en el vano intento de convencerte antes de imitar al que nos largó lo de lo siento, me he equivocado y no volverá a ocurrir (te lo cambio por un curiel castrado).
Regeneración, renovación, transformación, remodelación… Pero siguen los mismos. Y cuando me señalan que no es un problema de caras o de nombres sino de ideas, de programas, no entiendo cómo se puede llevar a efecto unas políticas diferentes con los mismos personajes. Porque en todos los años que llevan enaltecidos y glorificados, han moldeado unas hechuras que serán incapaces de poner en práctica unas directrices que no han mamado y con las que a buen seguro no estarán de acuerdo.
Se exigen cambios profundos en una sociedad que se habituó al bienestar per se. Por el mero hecho de estar aquí, ya se me debe un reconocimiento y un estatus. Sin exigencias ni contraprestaciones. Y todos nos acomodamos. Los dirigentes y los dirigidos. Y los unos y los otros nadamos en la abundancia sin que límite alguno nos pusiera cortapisa alguna. Los que debieron poner freno al descontrol no pueden ahora erigirse en salvadores de nada. El éxito de Podemos, entiendo, radica en las escasas posibilidades de culpar a sus dirigentes de los errores que hasta aquí nos han conducido. Algo diferente será el cómo se articulan para poder llevar a cabo esas políticas –nada claras, por cierto– por las que pretenden un cambio radical. Aunque si todo se reduce a denominar castas a todo lo que pueda guardar relación con el pasado, no les auguro horizontes de esperanza. Gracias a muchos de los que fuimos ese pretérito tan nefasto, pueden levantar banderas inconformistas.
La política es, en general, una muy noble actividad. En la que una minoría se ha encargado, con una praxis nefasta, de generalizar la creencia ciudadana de que las malas artes son una maña cotidiana. Por ello es muy difícil que los que han profesionalizado tan noble quehacer puedan ser adalides de proyecto alguno. Y como la dirigencia de las formaciones está formada por los mismos que acaparan los cargos en las instituciones públicas, se han creado unos cotos privados de caza en los que solo rigen pensamientos únicos, en los que las discrepancias se pagan con altos precios y en los que sólidos pegamentos impiden intercambios en los asientos de las sillas.
Algunos levantan, eso sí, tímidamente, la voz para poner cortapisas y limitar las estancias a dos mandatos. Por cargo, claro. Para que puedan seguir saltando de uno a otro como en el juego de la oca. No he oído a uno que proponga un periodo de ocho años en la política activa y luego a la reserva. No, porque hay no hay curro alternativo. Son tan mediocres que no saben hacer otra cosa que medrar con sudores ajenos. Es más, los elegidos ya nacieron políticos, fueron bautizados como tales y a la hora de matrimonio juraron bien alto aquello de hasta que la muerte nos separe.
Claro que hay excepciones. Honrosas muchas de ellas. Como en todas las facetas de la vida. Creo, por consiguiente, que no es menester más leyes, más normas. Cuantas más estipulemos, mayores las apetencias por no cumplirlas, por llevar la contraria. Si nos rigiéramos por el sentido común, mejor nos iría y mayores avances se conseguirían. Aunque parece que desde que se llena la ficha de militante o afiliado y se alcanzan puestos de relevancia, tabla rasa.
Y que me llamen casta estos advenedizos cuando quemé pestañas en la docencia hasta que cumplí escrupulosamente las condiciones legalmente establecidas para poder jubilarme. Cuando bastantes otros simultanearon su labor profesional con cargos de concejal en prolongadas jornadas de ayuno y abstinencia. ¿Tú me llamas casta? Llámame en todo caso casto, entendiendo por tal el que se atiene a lo lícito. Que ya a nuestros años las connotaciones sexuales pasaron a segundo plano. Y van para el tercero a marchas forzadas.
Hasta mañana.