viernes, 30 de septiembre de 2011

¡Cruz, perro maldito!

Expresión que desde chico siempre le escuché a mi abuela. Y que la utilizaba para curarse en espanto de cualquier desdicha o desgracia que pudiera acontecer. Al tiempo, hacía siempre la señal de la cruz. Por lo que deduzco que este comentario no va especialmente dirigido a los religiosos y fervientes creyentes, porque como están persignándose continuamente deberán estar más que curados contra ese espanto anteriormente citado. Y si lo acompañan con golpes en el pecho, costilla vacunada.
Hubo, como bien habrán leído, oído y visto en los diferentes medios de comunicación, un terrible accidente en Valsequillo. Lo de menos es que la fiesta se denomine el perro maldito, el diablo, las libreas o los fuegos de mi pueblo. Lo de más es que nos hemos acostumbrado a eso, jugar con fuego, sin percatarnos de que más tarde o más temprano podemos quemarnos. Y tantas veces fue el cántaro a la fuente que terminó por romperse. En los días siguientes, quejas y lamentos por doquier.
Vaya de antemano, y sin ambages de ningún tipo, el deseo de la pronta recuperación de los heridos. Pero el espectáculo tiene que seguir, se dice en los círculos más allegados. El alcalde de aquella población grancanaria manifestó que los participantes reciben un cursillo para prever accidentes de este tipo. O no debió surtir efecto, por razones obvias, o alguno no acudió a todas las sesiones que debieron impartirse. Máxime cuando en este tipo de aglomeraciones, una tragedia de este calibre puede ocasionar pérdidas irreparables. Fíjate en la imagen.
Esta vez el perro maldito causó un estrago terrible. Su maldición se cebó con uno de los actores y el material (reciclable pero altamente inflamable) provocó el resto. Parece que pretendemos justificar todo con lo de la tradición. Como son las maratonianas procesiones en muchos pueblos (mucho más en el mío, Los Realejos), en las que desde las azoteas la quema de artilugios pirotécnicos es una verdadera temeridad. Y amparados en la supuesta protección divina y en el aquí nunca ha pasado nada, persistimos al arrimo de la devoción. Esos juegos, maravillosos y espectaculares, son la razón de ser de los Toste (y resto de maestros de la pirotecnia), y no un numerito circense en el que saltamos a la pata coja para que la pólvora no nos queme los tobillos.
Ahora, paradojas de la vida, es cuando expresamos el dicho de nadie se acuerda de Santa Bárbara. Como las autoridades, y la normativa legal, siempre van por detrás de los acontecimientos, y dado que seguimos escuchando explosiones de petardos –cada vez más potentes–, que son manejados no ya por mozalbetes a los que podemos tildar de gamberretes de turno, sino por auténticos mocosos recién salidos del pañal, cuestión sería de que nos pusiéramos las pilas antes de que las desgracias vayan a mayores. Lo dice, y aconseja, un realejero que desde hace unos años se ausenta de su pueblo cada vez que en el calendario se asoma el tres de mayo. Hemos comprobado que en esta ocasión no todo acabó, por jugar con fuego, con un simplemente mear la cama. Pongan, pues, coto a tan peligrosas diversiones antes que nos meemos todos, pero por las patas pa´bajo.
Y es que somos amigos de tener preparado un plan para evacuar los lagartos herreños (con sus cubos de plástico y menú para varios días), mientras descuidamos aspectos como el que hoy hemos traído a colación. Acto del que pude leer: “La Suelta del Perro Maldito encarna la lucha del bien contra el mal, de Lucifer contra el Arcángel San Miguel. Cada año, cerca de 10.000 personas se congregan en los alrededores de la Plaza de San Miguel para seguir en directo el mayor espectáculo de teatro en la calle de toda Canarias. Cada edición, centenares de actores, todos ellos amateurs, participan en el evento. Este año, la audiencia potencial de las bodas de plata de la Suelta del Perro Maldito superará el millón y medio de personas en Canarias, gracias al acuerdo entre el Ayuntamiento de Valsequillo y la Televisión Canaria”. Que me perdonen los píos, pero estimo que esta vez ganó el diablo, ¿no?
Pues mira por donde, nuestra tele autonómica, tan dada al tremendismo en sus informativos, tiene la oportunidad de añadir otra muesca a su revólver. Y en directo. Casi simultáneamente, el presidente del gobierno canario (te lo dije hace unos días) volvía a darle la vuelta a su particular tortilla y, ante un grupo de empresarios, ponía el grito en (ubica tú cielo o infierno a tu conveniencia; ¡ah!, hoy voy de minúsculo) porque no podíamos seguir defendiendo el que cualquier obrero de la construcción cobrase más que un catedrático. No  estaba presente Willy, ocupado en seleccionar las imágenes más impactantes de lo acaecido en Valsequillo. Ya sabes que lo importante es la audiencia. Sí, eso del share y de la cuota de pantalla. Por la misma razón que se explayaron con un obeso mórbido al que debieron introducir en casa los bomberos con una grúa por la ventana. Coño, pues ciérrenle cocina, despensa y nevera. Y dejen las contiendas entre demonios y ángeles para otros foros más divinos y no tan profanos. Porque los fuegos del Averno causan miedo, estupor y pánico, pero no queman.
“Vamos a procurar que no haya más accidentes”, dicen. Déjense de machangadas. Eso es tanto como declarar que a partir de la próxima legislatura todos los políticos van a trabajar tanto o más que los maestros. Hasta dentro de un ratito.